La historia de mi vida

De pequeño no hablaba. Simplemente no tenía nada importante que decir. Pasé una infancia plena y feliz sin apenas articular palabra, pero a los doce o trece años, mis padres, alarmados por mi voto de silencio, decidieron ponerme en manos de una prestigiosa terapeuta. Yo seguía sin tener nada importante que decir —y menos aún a una perfecta desconocida—, así que en aquellas primeras sesiones permanecíamos sentados el uno en frente del otro, mirándonos a los ojos, en silencio, durante cuarenta y cinco eternos minutos, y así un día tras otro, y tras otro, y tras otro. Al segundo mes en blanco, la terapeuta optó por cambiar de estrategia. Sacó un block de folios en blanco y una caja de lápices de colores a estrenar y me pidió que dibujara lo primero que me viniese a la cabeza. Pensé que sería una buena forma de matar el tiempo, de modo que dibujé un superman cayendo en una piscina de ácido, dibujé una mosca absorbida por un enorme agujero negro, dibujé una princesa con cara de sapo sentada en una nube, o dibujé un piano sin teclas sobre un charco de notas musicales. Años más tarde, analizando con ella aquellos dibujos, comprendí que el arte es el arma más letal que existe, capaz de desnudar los secretos más ocultos.

Aprendí mucho con aquella terapeuta. Sin embargo y a pesar de lo que pueda parecer, no conseguí hablar gracias a ella, sino gracias a una chica de mi clase que me gustaba muchísimo. Fue entonces cuando descubrí el auténtico poder de la palabra. Recuerdo que el último día de clase, justo antes de empezar las vacaciones de verano, me acerqué a la chica en cuestión y pronuncié las primeras tres palabras de mi vida: “¿Quieres salir conmigo?”. La chica, Patricia se llamaba, se quedó al principio absorta por escucharme hablar por vez primera después de tantos años. Luego se acercó, me dio un beso lento en la mejilla, y se marchó.  No volví a verla nunca más, pero aquel primer contacto me ayudó a intentar desenvolverme mejor con todas esas chicas que llegaron después. Y hasta hoy, que soy taxista, y aunque normalmente hablo de espaldas al cliente, al menos he conseguido convencer con la palabra a la que hoy es mi mujer, mitad mía y madre de esa otra mitad que es mi hija.

Source: 20′ Ni libre ni ocupado

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