Gente asfixia

FOTO: Araí Moleri Riva-Zucchelli

FOTO: Araí Moleri Riva-Zucchelli

La chica asfixia envió a su novio el primer mensaje de voz nada más montarse en mi taxi: “Juan, ¿por qué no me coges el teléfono?”. Tardó apenas tres calles en mandarle el segundo: “Me parece muy bien que estés de cena con tus colegas del curro, pero podrías acordarte de mí entre plato y plato, ¿no crees?”, y menos tiempo aún en el tercero: “Mira, me estoy cansando de esto, Juan. Te comportas como un auténtico niñato”. Ella sola iba engordando en su cabeza el presunto desaire de Juan, construyéndose motivos insanos que explicaran de un plumazo su silencio. En lugar de optar por la conjetura fácil (hubiera podido quedarse sin batería o tal vez no tuviera cobertura en aquel restaurante), no podía evitar tomarse aquello como un desplante adrede, o señal del desgaste de un amor no recíproco.

Afianzada esa tesis, la chica se endemonió hasta el punto de mandarme cambiar de rumbo, y acabar plantando el taxi en el mismo restaurante de su novio Juan, en plena cena navideña con sus colegas del curro. O más bien su exnovio, supongo, después del previsible numerito.

En fin, otro ejemplo más de gente asfixia, incapaz de gestionar su propio oxígeno. Y ya van mil sólo en mi taxi.

Source: 20′ Ni libre ni ocupado

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