El culto a la destrucción: cuando tu trabajo es hacer desaparecer cosas

El juicio final, de John Martin. Imagen vía Wikipedia

La idea de destruir normalmente acarrea un
sentimiento negativo: destruir una relación, destruir un bebé, destruir el
futuro. Todas estas situaciones parecen momentos no demasiado agradables,
¿verdad? Nuestra propia mortalidad nos incita a pensar así cuando atisbamos el
final de las cosas. Pero destruir puede ser preciso y bonito si se trata de
destruir el fuego o un documento que no debería haber salido de tu ordenador. El hecho de “destruir” es
como darle la mano al bien y al mal a la vez, son dos caras de una misma
moneda.

Hace poco un conocido se encontró en la curiosa
situación de tener que exterminar urgentemente el contenido de un disco duro y
contactó con una empresa que se dedica a aniquilar soportes y cualquier rastro
de información que estos puedan albergar.

Ya conocía este tipo de empresas pero
después de darle un par de vueltas al asunto llegué a la conclusión de que dedicarse
profesionalmente a la destrucción es algo realmente destacable en la biografía
de un ser humano. Una cosa es repartir paquetes, servir copas o escribir
artículos, pero destruir, aniquilar y fulminar artefactos e información es otro
maldito nivel.

Son acciones más propias de los dioses o los demonios que de los seres humanos, más digno de un destructor supremo que de un oficinista. Hacer que algo, de repente, ya no esté —ya no exista— es tan fascinante como sobrecogedor. Abrumado por la revelación, decidí ponerme en contacto con uno de
estos individuos con licencia para borrar cosas de la faz de la Tierra.

—Con vuestros métodos de destrucción, ¿podríais destruir personas?

—Sí

Ramón Ferrer forma parte del equipo de
Deletedoc.com
,
una empresa que dedica todos sus esfuerzos a destruir tus cosas. Pongamos que
te encuentras en medio de tu previsible divorcio y en el ordenador de tu casa
tienes ciertos documentos que muestran un flirteo obsesivo con las armas de
fuego y las espadas del siglo XIII que podrían traerte ciertos problemas a la
hora de decidir la custodia de cierto retoño creado con tu semen o útero.

La
subcarpeta llamada “Fotos de fallecidos por ráfaga de MAT-49” dentro de la
carpeta “MAT-49” incluida en el directorio “Subfusiles franceses” es
especialmente delicada. Tienes tanto miedo de que este “asuntillo” pueda
afectar a tu divorcio —y, eventualmente, que pueda alterar tu economía
doméstica— que necesitas destruir todo el contenido de ese maldito disco duro.
No tienes suficiente con formatearlo cuatro veces ni con reventarlo a golpes
con un martillo; quieres que un grupo de profesionales se encargue de hacerlo
DESAPARECER por completo; por fuera y, sobre todo, por dentro. Hacer que sea
irrecuperable, un viaje sin retorno.


Ferrer me comentó que en su empresa pueden destruir por completo todos los
materiales que contengan información, como soportes informáticos (los conocidos
como RAEES, los Residuos de Aparatos Eléctricos y Electrónicos), documentos,
ropa, matrículas de coche, radiografías, diapositivas, identificadores, planos
y dibujos. Aunque a veces se han encontrado con cosas raras como tener que
destruir el contenido de la barra de bar del Festival Sónar (botellas, latas y
todo eso). Según Ferrer, la empresa donde trabaja logra alcanzar la destrucción
total a base de un proceso de trituración, tras el cual los materiales cambian
su estado. Al final de la cadena se reciclan y se reutilizan para otros fines.

Había un pequeño detalle que no me dejaba dormir
bien del todo, así que finalmente le lancé a Ferrer la pregunta definitiva.

—Con
vuestros métodos de destrucción, ¿podríais destruir personas?

La respuesta fue rotunda.

—Sí.

Pese a la maravillosa sinceridad de Ramón, terminé
un poco, digamos, decepcionado. Tuve que abrazar tristemente la realidad de que
destruir artefactos por completo es algo imposible, siempre quedará alguna partícula
o una célula o átomo o lo que sea, ni que sea un recuerdo fugaz. Realmente
“hacer desaparecer algo” es una fantasía. En este planeta existe materia finita
que se va regenerando y reutilizando constantemente.

Pero hay ciertas personas que sí que hacen
desaparecer cosas, o al menos juegan con la fantasía de que lo hacen. Una
fantasía de la que, a veces, somos partícipes y en la que nuestros cerebros
toleran la idea de la desaparición absoluta. Estoy hablando de los magos, los
ilusionistas.

Roberto Checa forma parte de la Asociación Madrileña de Ilusionismo y lo primero que me dice es que cualquier efecto mágico tiene una vida externa,
que es la que se percibe desde fuera y otra vida interna, que es la que
nosotros vemos, la que realmente sucede.

Sucede una cosa curiosa: cuando algo desaparece y no vuelve a aparecer, hay personas que se quedan con una sensación de vacío, en su cabeza necesitan la reaparición — Roberto Checa

Cuando hablamos de desapariciones podría tratarse
de varios casos. Checa afirma que “normalmente, por parte del mago, se hace el
enfoque de que se hace desaparecer un objeto porque este se ha vuelto
invisible, lo muestras en la mano pero este no está. También puede tratarse de
un juego de teletransportación, que el objeto se haya trasladado a un mundo
externo o que un objeto se haya movido de un punto a otro de esta realidad pero
entre medio haya desaparecido, porque se ha desmaterializado. Finalmente, puede
ser un truco de
pickpocket, o sea, el
robar objetos al espectador. Esto resulta menos mágico porque es una cuestión
de habilidad pura”.

Checa prosigue, “sucede una cosa curiosa: cuando
algo desaparece y no vuelve a aparecer, hay personas que se quedan con una
sensación de vacío, en su cabeza necesitan la reaparición y sin esta se quedan
incómodas, hay algo que les falta. Creo que es porque, al final, a pesar de que
haya una parte misteriosa que no llegan a entender, el final del círculo debe
cerrarse. No saben cómo se fue pero al final necesitan que todo vuelva a la
normalidad. Si algo termina desapareciendo del todo, no responde a nuestra
lógica”.

Aun así, hay excepciones. Por ejemplo, en la magia
de bar a veces se hace desaparecer el tabaco de una persona y en este caso sí
que se juega con la idea de la desaparición absoluta, porque es algo que está ligado con un vicio
que todo el mundo, o casi todo el mundo, quiere olvidar.

Todos entendemos que los ilusionistas no hacen desaparecer
nada, solamente crean esa ilusión. “Creas la sensación de que tu magia es real
y que tienes un poder. Todo el mundo acepta que no sucede absolutamente nada,
esa parte racional siempre está en el espectador. Nuestro trabajo es conseguir
que el espectador apague esa parte racional y se deje llevar, que la gente no
sepa lo que está pasando y que disfruten. Durante los primeros minutos de un
espectáculo de magia todo el mundo estará intentando descubrir el truco y,
aunque no lo quieran, el cerebro verá una incongruencia lógica y se pondrá a
trabajar. En el fondo el mago sacrifica su propia ilusión para poder llevársela
a todo el mundo. Porque nosotros conocemos toda la parte interna, toda la
arquitectura y construcción del truco”.

Lo interesante del caso de los ilusionistas es esta
aceptación selectiva de la desaparición, el no comprender con nuestras mentes
humanas que algo pueda llegar a esfumarse del todo y exigir su retorno pero
gozar del truco cuando lo que desaparece es una parte, digamos, oscura de
nosotros mismos. En el fondo todo lo que nos rodea juega con esta idea.
Queremos ver desaparecer nuestros discos duros llenos de cosas raras pero no
entendemos cómo nuestra pareja puede haberse largado a Noruega con un escultor
mediocre de gafas extremadamente pequeñas para no volver nunca jamás.

Imagen vía Anka

En las ciudades somos espectadores constantes de
cambios y remodelaciones, vemos como un edificio mítico desaparece y es
reemplazado por hoteles o centros comerciales. La arquitectura urbana es un
constante devenir entra la destrucción y la construcción y estos cambios son
los que generan el paso del tiempo y la historia. Decidí contactar con una
empresa de demolición, puesto que ellos seguramente sabrían entender
perfectamente este proceso eterno de destrucción.

Daniel Anka es el presidente del Grupo ANKA —al cual pertenece ANKA Demoliciones— y vicepresidente de la Asociación Española de Empresarios de Demolición.

En resumen, la demolición es la profesión más bonita que existe ya que nunca sabes qué te va a deparar tu trabajo el golpe después. Como decía un gran sabio de la demolición: “somos creadores de espacios” — Daniel Anka

“Antes de nada lo que debemos saber es qué
significa demoler. Según la Real Academia Española se trata de deshacer,
derribar, arruinar. Por lo tanto lo que a nosotros nos afecta es derribar o
deshacer. Y derribar es tirar contra la tierra, hacer dar en el suelo a alguien
o algo” empieza Anka. Según él, los profesionales de la demolición pueden demoler
todo lo que esté en pie —edificios, chimeneas, puentes, árboles— y que “empleando
la maquinaria adecuada se puede demoler cualquier cosa; existen hasta siete
métodos de demolición diferentes que nos permiten deshacernos de cualquier cosa
por muy dura o escondida que esté”.

Como en el caso de la destrucción de documentos,
los materiales de los que están hechos los edificios no desaparecen sino que
estos se fragmentan, se deconstruyen pero lo que podríamos considerar como la
construcción —o edificación— en sí, sí que desaparece. “Esa es nuestra misión, por
lo tanto, no debe quedar nada. Lo que intentamos es que el mayor número de
elementos puedan volver a utilizarse pero nunca volverá a ser lo que era todo
junto” aclara Anka.

Hoy en día la demolición está en un proceso de
transformación hacia un modelo ecológico y se intenta que cada residuo tenga un
gestor que le dé una segunda vida mediante su transformación: áridos, drenajes,
bases de carreteras, aglomerados de madera, nuevas estructuras metálicas,
plásticos y gomas recicladas. La idea es que cada residuo entre de nuevo en la
cadena productiva. “Siempre se busca una segunda vida, o tercera. Cada vez más
se busca la triple R en el sector: Recuperación, Reutilización y Reciclaje a
través de gestores autorizados y especializados”.

Lo que intentamos es que el mayor número de elementos puedan volver a utilizarse pero nunca volverá a ser lo que era todo junto — Daniel Anka

Pese a que nada pueda ser destruido del todo, había
algo que necesitaba saber. ¿Qué se siente al tener el poder o la capacidad de
destruir grandes construcciones majestuosas, al ser más poderoso que un
rascacielos? “Pues, contrariamente a lo que todo el mundo diría —una liberación
de estrés— los profesionales tenemos la gran responsabilidad de estar
deshaciendo un trozo de la historia de alguien y que, normalmente, la
eliminación de un elemento provoca el debilitamiento de otro. Por lo tanto,
debemos trabajar con el mimo necesario para no provocar derrumbes no
controlados por un exceso de ímpetu. Lo más espectacular puede ser hacer volar
por los aires un elemento con solo apretar un botón, sin embargo, los cálculos
y el tiempo que lleva saber cuánta carga y dónde debe colocarse es muchísimo,
así como la responsabilidad del manejo de los explosivos. En resumen, la
demolición es la profesión más bonita que existe ya que nunca sabes qué te va a
deparar tu trabajo el golpe después. Como decía un gran sabio de la demolición:
“somos creadores de espacios'”.

Todo
el imaginario destructivo e infernal que me había imaginado en el hecho de
poder otorgar a las personas y a las cosas la calidad de deshecho se esfumó con
estas bellas declaraciones. Al final, destruir ha resultado ser sinónimo de
reutilizar o construir de nuevo. Ese poder infinito de aniquilación total
convive con la potestad divina de la creación; destruir algo no es nada más que
crear otra cosa nueva.

Source: vice

Be the first to comment on "El culto a la destrucción: cuando tu trabajo es hacer desaparecer cosas"

Deja un comentario

Tu dirección de correo no será publicada.


*