Despenalizar las drogas podría reducir el terrorismo yihadista

Los horribles atentados del martes pasado en Bruselas, en
los que murieron 31 personas y otras 200 resultaron heridas, han suscitado
conmoción y nos han obligado a hacer examen de conciencia.

La retórica islamófoba no se ha hecho esperar y probablemente
los desesperados refugiados acaben como víctimas propiciatorias (véase
Donald Trump, que juró que sacaría a
“esa gente” de EE. UU. y aprueba el uso de la técnica de tortura conocida como
“el submarino”). Ninguno de los islamistas que perpetraron los recientes
atentados ha sido nunca un refugiado. Sin embargo, lo que sí tienen todos en
común es haber estado en prisión.

En Europa Occidental, prisión y radicalización apuntan a una
respuesta lógica al terrorismo (entre otras medidas que deberían tomarse) que
inicialmente puede no resultar tan obvia: la despenalización de las drogas.

Los hermanos El-Bakroui, a quienes, al parecer, la policía
belga buscaba por su presunta vinculación con los
atentados de París de noviembre de
2015, ya tenían antecedentes penales y habían cumplido condena de prisión. La
cadena de televisión belga RTBF informó de que en 2011 Khalid fue arrestado y
puesto en prisión por secuestrar un vehículo y que Brahim fue encarcelado en
2010 por disparar a un policía.

Asimismo, varios de los hombres que participaron en los
atentados de París de 2015
habían cumplido penas de prisión en
alguna etapa del sistema de justicia penal, al igual que uno de los terroristas
que perpetraron el atentado en la sede de Charlie Hebdo,
Cherif Kouachi. Por otro lado, se cree
que
Amedy Coulibaly y Mohammed Merah, ambos apresados por
asesinar a judíos franceses, se radicalizaron mientras cumplían condena en la
cárcel. También existen informaciones que apuntan a que
una red de yihadistas belgas que se
dedicaba a captar nuevos reclutas para Estado Islámico solían tener a
exreclusos y traficantes de droga entre sus miembros.

Las principales causas que llevan a ese reducido sector a abrazar la ideología radical son la precariedad socioeconómica y la marginación. Si a la mezcla añadimos los encarcelamientos masivos, el resultado final es todavía más explosivo

El mercado negro del narcotráfico ha contribuido a crear un
entramado de sombras por el que los yihadistas se mueven con gran facilidad.
Fue esta red la que permitió a Salah Abdeslam —único terrorista superviviente
del atentado de París que fue capturado en Bruselas días antes de que se
produjeran los últimos ataques— permanecer oculto durante semanas en la misma
zona de la ciudad en la que se crió. “Abdeslam estaba respaldado por una amplia
red de amigos y familiares dedicados a la venta de droga y a los delitos
menores”, afirma Frederic Van Leeuw, fiscal federal de Bélgica.

Nada de esto debería sorprendernos.

En contra de lo que se pueda pensar, el proceso de
radicalización no empieza en las mezquitas ni en el núcleo de las comunidades
musulmanas de Europa.
La verdadera cantera del fundamentalismo
—sobre todo en Francia— se encuentra en el sistema de prisiones, sobrepobladas
de jóvenes musulmanes.

Según el libro Euro Jihad de Angel Rabasa, destacado científico
político de la Corporación RAND, el porcentaje de población musulmana en Europa
en peligro de convertirse al extremismo islámico es inferior al 1 por ciento.
Las principales causas que llevan a ese reducido sector a abrazar la ideología
radical son la precariedad socioeconómica y la marginación. Si a la mezcla añadimos los encarcelamientos masivos,
el resultado final es todavía más explosivo. El gobierno galo es muy consciente
de estas circunstancias, hasta el punto de que en el sitio web del Ministerio
de Justicia francés tiene una
página en la que se tratan los riesgos
de la radicalización en prisiones.

Un claro síntoma de los problemas de Francia con el racismo y la marginación es el alto índice de arrestos de jóvenes musulmanes en comparación con los del resto de la población

Durante los últimos años, las autoridades galas han
intentado abordar el problema separando a los presos radicales del resto, un
experimento que ya ha demostrado ser un fracaso monumental. Amedy Coulibily,
responsable de la muerte de varios judíos franceses en un supermercado de
París, afirma que su ideología radical
se forjó en prisión. En 2010, se jactó
de estar en contacto con Djamel Beghal, un simpatizante de Al Qaeda encerrado
en una “celda de aislamiento” ubicada justo encima de la suya, y aseguró que
Beghal contaba con un reducido círculo de seguidores en prisión. En el centro
penitenciario de Fleury, Coulibily conoció a Cherif Kouachi, quien más tarde
atentó en las oficinas de Charlie Hebdo junto a su hermano, Said. De forma
similar, el asesino de cuatro personas en el Museo Judío de Bruselas en 2014
también había pasado una temporada en la cárcel.

Un claro síntoma de los problemas de Francia con el racismo
y la marginación es el alto índice de arrestos de jóvenes musulmanes en
comparación con los del resto de la población. Se calcula que la comunidad
musulmana constituye entre un 5 y un 12 por ciento del total de la población de
Francia, y que entre el 50 y el 70 por ciento de los presos del país son
musulmanes. En Bélgica, el porcentaje de musulmanes es del 5 por ciento y, pese
a que la cifra de reclusos no es fiable, algunas fuentes no confirmadas afirman
que la representación de musulmanes en prisiones belgas es desproporcionada y
es similar a la de otros países de Europa.

Por tanto, en el caso concreto de Francia, existe un elevado
número de posibles candidatos a la radicalización en sus cárceles.

Mientras que numerosos países de Europa tienden
a la despenalización
y a las políticas compasivas, Francia está tomando
la dirección opuesta con medidas como el aumento de las redadas policiales
desde 2013. Ya en 2011, cerca de 15.000 personas fueron condenadas a prisión
preventiva o con suspensión por delitos de tráfico de drogas en Francia. Según
datos de World Prison Brief, la población total de reclusos en Francia ronda
los 67.000 individuos.

Son demasiadas las personas marginadas a las que se
encarcela en Francia por delitos menores de tráfico de drogas. Diversos
estudios apuntan a que
Francia posee el mayor índice de consumo de marihuana de
Europa, pese a que en el país rige una de las legislaciones
más regresivas del continente: fumar un porro allí puede suponer un año de
cárcel. Todos los años son arrestados decenas de miles de franceses por cargos
relacionados con el cannabis, infracción que constituye el 90 por ciento de los
delitos de drogas del país.

¿Cuántas de las personas arrestadas son musulmanas? Dado que
en Francia no es legal recopilar estadísticas basadas en la raza o la religión,
no es posible dar una cifra exacta, pero teniendo en cuenta el alto índice de
arrestos por narcotráfico en Francia, un desproporcionado porcentaje de los
cuales es de musulmanes, no erraríamos diciendo que son muchos los jóvenes
musulmanes que acaban en prisión por este tipo de delitos. De ello se puede
colegir que una legislación sobre drogas más laxa evitaría muchos de esos
arrestos. A falta de otros datos más concluyentes, existen numerosas pruebas
anecdóticas de que los jóvenes belgas y franceses —incluidos los radicalizados—
consumen drogas. Asimismo, de las entrevistas a sus vecinos y conocidos, se
desprende que el terrorista Salah Abdeslam y su hermano, que se inmoló el
pasado noviembre, fumaban marihuana con frecuencia.

Las condiciones de los centros penitenciarios franceses
propician el descontento de los presos musulmanes negándose a servir comida
halal, lo que obliga a los reclusos a saltarse las comidas. Asimismo, los funcionarios
de prisiones discriminan a los presos por su religión de muchas otras formas.
Por ejemplo, todos los reclusos tienen derecho a recibir
paquetes por Navidad, con el pretexto
de que son “regalos de fin de año”, mientras que todos los regalos que reciben
los internos musulmanes se confiscan sistemáticamente.

El sociólogo Farhad Khosrokhavar escribió en un artículo para el New York Times,
en referencia a la radicalización de musulmanes en prisiones francesas:

En 2013, un recluso francés de origen argelino me dijo: “Si
eres musulmán y solicitas permiso para participar en la oración del viernes,
apuntan tu nombrey lo facilitan al
Renseignements Généraux (el equivalente francés al FBI)”. Y añadió: “Tampoco
nos dejan extender la alfombra en el patio para rezar. Si me dejo barba, los
guardias me llaman Bin Laden y se burlan de mí. Odian el Islam, ¡pero el Islam
puede vengarse!”.

Los religiosos musulmanes comprometidos con la lucha contra
la radicalización se quejan de que estas políticas y actitudes dificultan mucho
su labor, generan una tensión innecesaria y provocan la marginación de los
prisioneros musulmanes moderados.

Las prisiones francesas y del resto de Europa están
abarrotadas, con una representación musulmana excesiva y discriminada. Estos
centros de reclusión se convierten en viveros de radicalización. Asimismo, la
legislación sobre drogas constituye un importante acicate entre la población de
reclusos. El belga Gilles de Kerchove, coordinador de la lucha contra el
terrorismo de la UE, declaró: “Sabemos que las prisiones son una gran
incubadora de individuos radicalizados”. La idea de que las cárceles belgas se
llenen de radicales ha hecho saltar las alarmas en el país, provocando la
implantación de una estrategia de aislamiento similar a la que ya se practica
en Francia.

¿Realmente es necesario todo esto?

La poca utilidad de las medidas tomadas en Francia y Bélgica
contrasta con las medidas más sensatas tomadas en otros países europeos. Desde
que se legalizara completamente la posesión de drogas, Portugal ha
experimentado más
de una década de progreso, ha visto
reducido el índice de contagios de VIH, de delitos relacionados con el tráfico
y el consumo de droga. La República Checa también ha experimentado resultados
similares al despenalizar el consumo personal. Los Países Bajos y Escandinavia
poseen programas de reducción de daños y políticas de reclusos que son la
envidia del resto del mundo. Quizá vaya siendo hora de que Francia y Bélgica
tomen nota y se planteen un cambio de estrategia.

Las causas de la radicalización islámica son múltiples y
complejas, y tampoco hay que quedarse con la idea de que solo con la legalización
de la droga se conseguiría resolver el problema, pero ¿por qué los líderes de
las naciones víctimas del terrorismo no ponen todo de su parte para tomar
medidas verdaderamente útiles al respecto?

Patrick Hilsman es
editor adjunto de The Influence y ciudadano francés. Síguelo en
Twitter.

Traducción por Mario
Abad.

Source: vice

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